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PIDELO Y LO TENDRAS

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jueves, 17 de noviembre de 2016

Donald Trump triunfó explotando el miedo de sus seguidores a perder su patria


MIAMI, Florida — Una carrera electoral es un dilema que se le plantea a la gente. Gana la elección el candidato que propone el dilema correcto para el público correcto y ese ha sido el caso de Donald Trump.

Empecemos por el público. Trump ha activado un grupo de electores de la clase trabajadora mayoritariamente blanca. Este es un sector que sufre no solo una grave crisis económica, sino, sobre todo, un prolongado sentimiento de exclusión dentro de su propio país.

Ni los encuestadores ni la izquierda tradicional ni el propio Partido Republicano identificaron oportunamente esa pérdida de autoestima en la comunidad blanca trabajadora. Luego de la derrota de Mitt Rommey en 2012, los republicanos asumieron como imperativo buscar el éxito electoral hablándole a las minorías, entre otras cosas, porque la propia base blanca de la población se viene achicando dramáticamente.

Trump quebró ese mito y demostró que se puede triunfar energizando vastos sectores de la mayoría blanca.




Por instinto o por estrategia, Trump ha hecho un uso extremo de un arquetipo fundamental de la cultura estadounidense: la noción de que el país es el hogar: Let’s Make America Great Again. A sus seguidores les propuso el siguiente dilema: si no votas por mí, perderás a tu país, que es como perder tu hogar. Como se sabe, esta nación fue fundada por inmigrantes que dejaron todo atrás y vinieron con el anhelo de formar aquí su nuevo hogar.

En pocos lugares la idea del país como hogar es tan fuerte como en Estados Unidos y es por eso que se traslada mecánicamente a las instituciones y a las fuentes de consenso. En el béisbol, acaso el más estadounidense de los deportes, lograr el triunfo es llegar al home, el hogar. Ninguna guerra en la que se involucran los Estados Unidos se gana realmente si los soldados no regresan a casa y son vistos en cámara siendo abrazados por sus seres queridos. Las películas Apollo 13, Saving Private Ryan, The Martian son todas recreaciones de esa alegoría. Cuando volvemos del extranjero, los funcionarios del Homeland Security nos reciben con el consabido Welcome home, algo único en el mundo.

Trump le ha recordado a los desplazados que su hogar —Estados Unidos— ha cambiado, que ya no se habla inglés en las calles, que es requisito construir una nueva pared en la casa, “un muro grande, bello, poderoso” contra la inmigración indeseada que trae el crimen, la droga y el desempleo. En esa narrativa, Trump, el blanco, el fuerte, el constructor, es la herramienta necesaria para la reconquista del hogar. Su campaña explotó disciplinadamente ese dilema que ha sido tan relevante para esa base que lo eligió, al extremo de haber tolerado como secundario el atropello constante que su candidato ha hecho de las normas básicas de la convivencia.

El discurso de unidad nacional de Hillary era correcto pero ella no tenía las condiciones para venderlo con la efectividad necesaria para lograr la victoria. En su boca era un concepto, no un sentimiento, pues estaba enunciado desde el poder, desde la convicción de que “aquí no ha pasado nada, aquí todo va bien”. La verdad es que Clinton solo sonaba relevante cuando denunciaba los abusos y niñerías de su contrincante.

Trump capitalizó, además, el anhelo de cambio que tanto ignoraron Hillary como varias de las principales encuestadoras. No sorprende entonces que Trump haya dominado la conversación en las redes sociales donde sí estaba claro el descontento. Si las empresas encuestadoras hubiesen estado más pendientes de lo que sucedía en las redes, no estarían pasando por esta debacle. Las encuestadoras analizan al elector, en las redes conversa la gente y la gente quería cambio. Hillary ofreció continuismo en un momento de cambio. Fue su peor cálculo.

Para los que creen que Trump no intentará cumplir muchas de sus ideas hay malas noticias. Su agenda incluye: negar cualquier posibilidad de control de armas, eliminar los programas sociales de Obama, revisar los tratados militares con los aliados, desmantelar los acuerdos con los socios comerciales y cerrar la puerta a los inmigrantes.

En Estados Unidos, las campañas ofrecen una visión muy cercana de lo que tendrá lugar cuando un candidato toma la presidencia. En un libro revelador, Promises and Performance, el profesor de Ciencias Políticas Michael Krukones ha podido confirmar que todos los presidentes, desde Woodrow Wilson hasta Jimmy Carter, cumplieron con un 73 por ciento de sus promesas electorales. En el caso de Barack Obama esta cifra baja apenas al 70 por ciento, a pesar de la obstrucción que ha padecido su gobierno.

Con las instituciones democráticas bajo asalto estos porcentajes serán superados, ya que la elección de la semana pasada puede implicar una suspensión del sistema de contrapesos institucionales que es la base del ordenamiento político estadounidense. Trump domina las dos cámaras del parlamento y tiene la potestad de nombrar hasta tres jueces en la Corte Suprema. Gracias a él, los republicanos podrán transformar la corte y las leyes de Estados Unidos por varias generaciones.

Ese amplio dominio empujará a los medios de comunicación a suplir varias de las funciones de control que corresponden a un sistema de justicia independiente. Esto habrá de suceder con un presidente que ya ha manifestado su desprecio hacia las funciones reguladoras del periodismo. Para la prensa, que atraviesa por cierto un periodo de dificultad financiera, vienen tiempos de acoso como no se veían desde los años cincuenta.


Por otra parte, está demostrado que el poder no cambia a la gente sino más bien permite que afloren los rasgos más determinantes de la personalidad. En el caso de Trump, el narcisismo, la improvisación, el desprecio por el otro, las tendencias autoritarias, serán rasgos que definirán su presidencia.

Por estos mismos motivos, en la noche de la elección, la mitad del país se sintió fuera del “hogar”. Sintió que el vecino había decidido verse el ombligo y disculpar la vanidad, la irresponsabilidad, la misoginia y la arrogancia. Quienes votaron por Hillary lo hicieron o por miedo o por madurez política, convencidos de que los defectos de su candidata eran mucho menores comparados con los riesgos que Trump pone en la mesa. Esto alcanzó para lograr una tenue mayoría popular que el sistema electoral no premia pero que ni las instituciones ni los grupos sociales organizados deben ignorar en los años por venir.

Trump ganó y ha dado una lección de liderazgo. Animó a votar a sus resentidos seguidores prometiéndoles poner orden en el hogar pero también activando sus peores instintos. Alborotar los demonios de una sociedad ha servido otras veces para ganar carreras electorales, pero no tenemos noticia de que haya funcionado para arreglar problemas sociales y económicos estructurales. Hay pocos indicios de que esta será la primera vez.

@nytimes